Fuentes abiertas y fuentes humanas: cuándo alcanza el registro
Toda investigación corporativa trabaja con dos familias de fuentes. Las abiertas —registros societarios, boletines oficiales, expedientes judiciales, archivos de prensa, bases regulatorias— y las humanas: personas que conocen de primera mano a una empresa, a un sector o a un individuo. La discusión sobre cuál es "mejor" está mal planteada. Responden preguntas distintas, fallan de maneras distintas, y el oficio consiste en saber cuál usar para qué.
El documento responde bien las preguntas de hecho: quién figura como accionista, cuándo se constituyó la sociedad, qué resolvió un juzgado, qué sanción publicó un regulador. Tiene fecha, tiene origen y se puede volver a consultar. Pero es mudo frente a otra clase de preguntas: quién decide de verdad en una empresa familiar, por qué se fue un socio, qué reputación tiene un proveedor entre quienes le compran. Eso no se inscribe en ningún registro.
Lo que el registro no dice
En América Latina esa zona muda es más amplia que en otros mercados. Los registros son desiguales entre países y, dentro de un mismo país, entre jurisdicciones; buena parte de la vida económica real transcurre en acuerdos que no se inscriben, y la información pública llega tarde: refleja lo que alguien presentó, no necesariamente lo que ocurre hoy. Un informe construido solo con fuentes abiertas puede ser impecable en cada cita y, aun así, no contestar la pregunta que hizo el cliente: si puede confiar en esta contraparte.
Ahí entra la fuente humana: ex empleados, competidores, proveedores, abogados del sector, periodistas especializados. Bien usada, aporta contexto, explica lo que el documento solo muestra y, sobre todo, indica dónde seguir buscando.
Cómo se pesa una fuente humana
El problema es que una fuente humana no es un documento, y tratarla como si lo fuera es el error más caro del oficio. Antes de que un testimonio entre a un informe conviene hacerle tres preguntas. Primero, el acceso: ¿la persona sabe lo que cuenta porque lo vio, o porque se lo contaron? Un ex gerente de finanzas que describe cómo se aprobaban los pagos tiene acceso directo; un competidor que repite lo que "todo el mundo sabe" en el sector, no. Segundo, el interés: toda fuente tiene alguno —un despido mal resuelto, una disputa comercial, una simpatía—, y eso no la descalifica, pero obliga a registrarlo y a descontarlo. Tercero, la corroboración: ¿lo que dice puede contrastarse con un documento o con otra fuente independiente? Dos personas que repiten el mismo rumor de la misma procedencia no son dos fuentes; son una.
El circuito virtuoso es de ida y vuelta. El registro orienta la entrevista: se llega a la conversación sabiendo qué sociedades existen, qué fechas importan y qué huecos hay que llenar. Y la entrevista orienta el regreso al registro: un nombre mencionado al pasar, una provincia, un año, suelen ser la pista que permite encontrar el documento que faltaba. La fuente humana rinde más como generadora de hipótesis verificables que como prueba.
Regla práctica
En el informe, cada afirmación debería dejar ver de dónde viene. Lo que consta en un documento se cita como hecho, con su fuente y su fecha. Lo que proviene de una persona se presenta como testimonio: con el grado de acceso de quien lo dice, sin identificarla, y con la aclaración de si pudo o no corroborarse. Y lo que el analista concluye a partir de ambos se rotula como análisis. Son tres registros de lenguaje distintos, y mezclarlos es la forma más rápida de que un rumor termine escrito con la autoridad de un acta.
Cuando el documento y la fuente se contradicen, la respuesta no es elegir al que resulte más cómodo, sino informar la discrepancia. Muchas veces esa discrepancia —lo que dicen los papeles frente a lo que cree el mercado— es el hallazgo más útil del trabajo.